¿ES NECESARIA LA GUERRA CONTRA IRAK?
Artículo de MARIANO AGUIRRE, Director del Centro de Investigación para la Paz, en "El Correo" del 26-8-02
En su lucha contra el terrorismo, el Gobierno de Estados Unidos está
presionando a los aliados europeos para que apoyen y eventualmente participen en
una guerra contra Irak. El objetivo es acabar con el régimen dictatorial de
Sadam Hussein, inutilizar el supuesto arsenal de armas de destrucción masiva
que posee y dar un golpe preventivo contra el terrorismo. El presidente Bush Jr.
identificó en junio de 2002 a una serie de países en un eje del mal , entre
ellos Irak. A la vez, el Pentágono y el presidente han definido que la forma de
luchar contra el terrorismo será preventiva, o sea, que se atacará antes de
que éste pueda actuar. En la medida en que Washington considera que el régimen
de Bagdad tiene armas de destrucción masiva y se especula con que podría
atacar a EE UU o a Israel, entonces concluye que conviene aplicarle la
estrategia preventiva.
Algunos países europeos y árabes, además de las Naciones Unidas y
funcionarios internacionales, consideran que Irak ha cumplido con el programa de
desmantelamiento de armas de destrucción masiva y de infraestructura que se le
impuso internacionalmente después de la Guerra del Golfo. Además, las
restricciones para exportar petróleo le han limitado los recursos para comprar
armas y tecnología. Por otra parte, no existen datos de ninguna conexión del
Gobierno iraquí con los ataques de septiembre pasado, ni con la red Al-Qaida,
ni con planes terroristas futuros.
El Gobierno de Sadam Hussein ha invitado recientemente a que la ONU regrese a
realizar inspecciones de verificación de sus infraestructuras militares. La
condición que Irak exige es que los funcionarios de las Naciones Unidas vengan
acompañados de observadores europeos neutrales. Irak ha puesto serias
dificultades a la ONU en los últimos años cuando ha considerado que oficiaba
de espía para Estados Unidos o que alguno de los jefes de la misión no era
neutral.
Frente al ofrecimiento de Irak para que vaya una misión de la ONU y la
insistencia de Europa de que se acepte, el Gobierno de EE UU y comentaristas
creadores de opinión argumentan que tanto las armas como la infraestructura
pueden ser ocultadas, y que las verificaciones no sirven para nada. Hans von
Sponeck, el coordinador de ayuda humanitaria de las Naciones Unidas para Irak
entre 1998 y 2000, dice que «el Departamento de Defensa de EE UU y la CIA saben
perfectamente que en la actualidad Irak no es ninguna amenaza para la seguridad
en la región, y menos para EE UU». Este funcionario, al igual que Denis
Halliday, que tuvo el mismo cargo hasta que renunció en protesta por la
política de EE UU, considera que toda la infraestructura de armas de
destrucción masiva iraquí es inoperante y que en realidad lo que el Gobierno
de Bush quiere es que no vaya ninguna misión de observación a Irak porque
estropearía sus planes de ataque.
La negativa de EE UU a la verificación es un disparo por elevación hacia el
sistema multilateral de las Naciones Unidas. En el último año y medio, la Casa
Blanca se ha negado a firmar los acuerdos de Kioto sobre medioambiente, ha
debilitado el régimen contra la proliferación de armas nucleares y químicas,
se negó a suscribir un protocolo contra la tortura, atacó a Mary Robinson -la
Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos- hasta lograr que se
marche, y no sólo no ha ratificado la firma en el Tribunal Penal Internacional,
sino que está chantajeando a otros países para que se retiren o serán
castigados por Washington. «Se trata de una visión peligrosamente corta de
vista -escribe Ken Roth, director de Human Rights Watch-. Es imposible para la
superpotencia global rechazar las reglas internacionales para sí misma sin
deteriorar esas normas para todos».
Un ataque denominado preventivo violaría las normas internacionales en la
medida en que no hay una amenaza para la paz internacional, como prevé la Carta
de la ONU; no sería en respuesta a otro ataque en legítima defensa; ni se
trata de una intervención humanitaria. Desde Bagdad no hay ningún indicio, ni
posibilidad técnica ni racional, de agredir a EE UU. «Toda la evidencia -dice
el jurista estadounidense Richard Falk- desde la guerra Irán-Irak y la del
Golfo indica que Sadam Hussein responde a las presiones y a las amenazas pero
que no se inclina hacia la autodestrucción. Pero si EE UU ataca y si Irak
poseyese realmente armas de destrucción masiva, entonces el riesgo se podría
materializar y Sadam e Irak, confrontados con la humillación y la derrota,
tendrían poco que perder».
Una guerra, con mayor o menor implicación de fuerzas de EE UU y Gran Bretaña,
puede costar vidas estadounidenses e iraquíes, quizá provocar la ruptura de
Irak en tres partes (la sunita, la shiita y la kurda), un gran flujo de
refugiados y una respuesta terrorista imprevisible. Y si los kurdos en el sur de
Irak aprovechan para secesionarse y declaran su Estado, entonces Turquía quizá
reaccionase militarmente.
Una duda es si el afán por la guerra no responde a la necesidad de acceder al
petróleo. Irak tiene grandes reservas y una teoría es que Washington teme que
las relaciones con Arabia Saudí se deterioren en el futuro y que sea mejor
contar con un régimen amistoso en Bagdad. Pero es una cadena de hipótesis que
deja sin resolver quién podría sustituir a Sadam Hussein y evita lo más
evidente: la necesidad que este último tiene de exportar todo el petróleo
posible; pero ahora no puede hacerlo por las sanciones.
Ante el belicismo de una parte del Gobierno de Bush, algunos conservadores
consideran que Sadam Hussein no es una amenaza inmediata para EE UU, que una
guerra contra Irak aislaría a Washington de sus aliados europeos, y que
desestabilizaría más Oriente Próximo. Entre las voces críticas se encuentran
el ex consejero de Seguridad Henry Kissinger y el ex asesor de seguridad
nacional de George Bush (padre) y artífice de la coalición contra Irak en
1991, Brent Scowcroft. Éste piensa que atacar Irak destruirá la coalición
antiterrorista posterior al 11 de septiembre. Y el senador republicano Chuck
Hagel cree que dar un golpe preventivo en Irak alentará a otros actores a
seguir la misma línea: India podría atacar a Pakistán; e Israel, expulsar a
la población palestina de Gaza y Cisjordania.
El Gobierno alemán lidera la posición europea de rechazo a la guerra. El
Ejecutivo británico, la de participar con EE UU. Desde medios políticos,
académicos y periodísticos de EE UU hay una ofensiva hacia Europa, acusándola
de no ver los cambios que se han producido después de septiembre y de querer
vivir bajo la protección militar de Washington; o sencillamente de cobarde. El
ministro de Asuntos Exteriores alemán, Jochka Fischer, considera que una guerra
contra Irak supone un compromiso posterior de décadas con Oriente Próximo, y
duda de que Washington lo tenga. En ese caso, Europa pagaría la factura y las
consecuencias. Pese a estar en desacuerdo con Fischer, el senador estadounidense
Joseph Biden, líder del Comité de Relaciones Exteriores del Congreso, declaró
luego de escuchar los testimonios de expertos en favor y en contra de la guerra:
«Sería una tragedia si quitáramos de Irak a un tirano, pero dejásemos a toda
la región en el caos».