UN AÑO PERDIDO

Artículo de YOSSI BEILIN en "La Vanguardia" del 10-9-02

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 fueron semejantes a un desastre natural: causaron grandes daños y un elevado número de muertos; ocurrieron sin aviso específico; sin ninguna asunción inequívoca de responsabilidad, y no se vieron acompañados de peticiones que, de ser satisfechas, impedirían una mayor violencia en el futuro.

A consecuencia de ello, el mundo se quedó paralizado, con la boca abierta; también los estadounidenses se quedaron atónitos, al igual que sus dirigentes. De la misma manera, las respuestas a los acontecimientos del 11-S fueron semejantes a las de un desastre natural: remedios contra el mal de ojo, maldiciones y plegarias. Los estadounidenses se abalanzaron a comprar banderas estadounidenses con las que engalanaron casas y coches. Convirtieron a Rudolph Giuliani, el ex alcalde de Nueva York, en un héroe nacional por el simple hecho de que consiguió difundir cierto optimismo entre el público general tras los atentados, y premiaron al presidente Bush, que no los salvó, con unos índices de popularidad sin precedentes.

Desde los acontecimientos del 11-S, Bush se ha dedicado a aplicar una política personal: lucha contra Ossama Bin Laden, contra Saddam Hussein, y también ha añadido a su lista a Yasser Arafat. Ha dividido el planeta en blanco y negro, eliminando los diferentes colores intermedios, y cree que tiene la fuerza suficiente para cambiar el mundo. Mientras tanto, parece ser que Bin Laden aún está vivo; Bush ha fracasado en sus intentos de convencer al mundo para que entable una guerra contra Saddam Hussein (una guerra cuyo inicio es completamente obvio, pero cuyo final está envuelto en la oscuridad), y los esfuerzos del presidente estadounidense para boicotear a Arafat son percibidos como un error por el resto del mundo.

Sin embargo, del mismo modo que las maldiciones y los amuletos son incapaces de impedir los desastres naturales, también las banderas y las declaraciones categóricas realizadas durante un partido de golf son incapaces de poner fin al enloquecido y peligroso fenómeno del 11-S. Hoy resulta difícil ver en Estados Unidos una política valiente y creativa que se proponga como alternativa a la diseñada por Bush. La crítica más importante, tanto en relación con el frente iraquí como en relación con el problema de la paz en Oriente Medio, es la que puede oírse en el seno de la propia Administración en boca del secretario de Estado, Colin Powell. Las amenazas de dimisión realizadas -al parecer, a puerta cerrada- se filtran y se convierten en titulares en la prensa nacional, pero no se llevan a la práctica. La hipótesis de que Powell renuncie a su cargo, cambie de partido e intente dirigir a los demócratas en la campaña de las próximas elecciones presidenciales parece ahora mismo inconcebible, a pesar de que cuenta con alguna posibilidad de éxito.

¿Qué puede hacerse? Hay dos respuestas principales a la situación que ha surgido tras los acontecimientos del 11-S. Una es una respuesta pasiva -y ésta es la respuesta aplicada en gran medida durante el año pasado- en forma de controles de defensa y seguridad. La ventaja de esta respuesta es la prevención del terrorismo de fácil aplicación. Su desventaja radica en el hecho de que la creatividad de las personas dispuestas a dar su vida con el fin de perjudicar a otras es casi infinita, lo cual hace extremadamente díficil crear un sistema infalible para impedir la práctica del terrorismo. La otra respuesta es un intento paciente pero decidido de luchar contra las expresiones extremas del terrorismo musulmán, ayudando a promover cambios estructurales en los países de la región. Al final, estos cambios llevarían a una situación en la cual la oposición al régimen sería capaz de encontrar expresión política y parlamentaria, sin que su único recurso fuera ya la violencia. Seguir este enfoque exige un esfuerzo supremo para lograr una reducción en los niveles de tensión en Oriente Medio y para alcanzar la paz entre Israel y sus vecinos (al fin y al cabo, aun cuando el conflicto de Oriente Medio no sea la razón real del terrorismo, sin duda constituye uno de sus pretextos). Estados Unidos debe enfrentarse al peligro de desarrollo de armas de destrucción masiva por parte de Iraq; pero debe hacerlo, ante todo, realizando un esfuerzo serio para que los inspectores de las Naciones Unidas regresen a ese país. La guerra contra Iraq debería ser la última opción, aplicable sólo si el objetivo es inalcanzable por todos los demás medios.

Lamentablemente, en realidad, la situación es la contraria. Las reformas se exigen sólo a los palestinos, antes incluso de la creación de un Estado palestino; mientras tanto, diversos países de la región, ya establecidos desde hace años, siguen manteniendo regímenes represivos que dan lugar a violencia. La guerra contra Iraq se presenta como la primera opción y la preferida a pesar de no contar con el apoyo de una coalición árabe o internacional. Cuando el presidente Bush presentó su "visión" el 24 de junio de este año, acabó con cualquier esperanza de llevar a cabo un diálogo con Yasser Arafat, aunque no ofreció ninguna alternativa real. Así, su discurso ha supuesto la eliminación de todas las posibilidades de alcanzar un acuerdo con los palestinos mientras dure el boicot a su dirigente. El primer ministro de Israel, Ariel Sharon, que no está dispuesto a pagar el precio de la paz con los palestinos -ni siquiera aceptando la idea de Bush (un Estado palestino basado en las fronteras de 1967, con algunos ajustes menores)-, no ha tenido dificultad alguna en abrazar esa visión: dada la condición previa de una sustitución de la dirección palestina, Sharon puede descansar tranquilo y confiado de que la segunda parte de la propuesta de Bush no se realizará nunca.

Por desgracia, el resultado de la política estadounidense puede ser otro "desastre natural". Esta vez, sin embargo, tendrá lugar sobre un telón de fondo de incesantes avisos, como los que llevan ya un año perturbando la vida de los estadounidenses. La sorpresa del próximo atentado radicará en el momento y la forma, pero no en el hecho de que se produzca. ¿Volverá este próximo atentado a aumentar la producción de banderas, convertirá al alcalde de Nueva York en una figura popular y permitirá al presidente realizar anuncios categóricos entre golpe y golpe de golf? Cuesta creer que vaya a ser así.

La prevención de nuevos actos destructivos sólo puede lograrse con un cambio radical en la actual política estadounidense. La paz entre Israel y los palestinos y entre Israel y Siria y Líbano es, en realidad, muy factible. Lo único que hace falta es aplicar la visión de Bush (que es en realidad el plan Clinton, o la iniciativa saudí) sin ninguna condición previa. Hay que sentar a las partes a la mesa de negociaciones y ordenarles que completen los esfuerzos que realizaron en el año 2000, antes del estallido de la "intifada". Por lo que se refiere al conflicto en el frente sirio-libanés y al conflicto palestino, las soluciones son ya de dominio público y recibirán un gran apoyo por parte de la opinión pública de la región.

Resulta vital ayudar a introducir reformas en el mundo árabe. En este contexto, Estados Unidos podría unir sus fuerzas con Europa y otros países del mundo para realizar esfuerzos intensivos encaminados a lograr cambios políticos importantes, sin revoluciones ni golpes de Estado en los países de Oriente Medio. Será posible convencer a los gobernantes de que esas reformas también favorecen sus intereses, porque, de no realizarse los cambios necesarios, su posición de poder se volvería extremadamente precaria.

Es importante sustituir las políticas personales por demandas concretas en relación con las inspecciones de armas en Iraq y con el cese del terrorismo y la violencia. Las posibilidades de vencer en guerras complejas y a gran escala, dedicadas por completo al derrocamiento de una persona, son muy pequeñas. La posibilidad de alcanzar el cumplimiento de demandas específicas es mucho más elevada.

En el año transcurrido desde el 11-S, el mundo ha presenciado una diversidad de iniciativas en respuesta a los acontecimientos de ese día; sin embargo, todas esas respuestas pueden definirse como "pasivas"; en lo que se refiere a una respuesta activa, se ha perdido un año. Todavía no es demasiado tarde para hacer un gigantesco esfuerzo para cambiar la actual política con el fin de salvar a la mayoría sana de la población mundial de una minoría extremista que amenaza nuestro bienestar.

YOSSI BEILIN, ministro de Justicia israelí en el Gobierno de Ehud Barak, entre 1999 y el año 2000, y uno de los arquitectos del proceso de paz de Oslo
Traducción: Juan Gabriel López Guix