ARABISTAS E INTEGRISMO

Artículo de Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política, en "El Correo" del 8-9-02

El formateado es mío (L. B.-B.)

Cuando se cumple un año desde los atentados del 11-S, cabe constatar que han sido mínimas las aportaciones de los analistas españoles a la explicación de la génesis de los atentados y en particular, lo que más nos interesa, de su posible vinculación con corrientes de islamismo radical que pueden residir entre nosotros. En vez de proporcionar los datos que sin duda poseen acerca de la compleja configuración ideológica del mundo musulmán de hoy, y de los rasgos que dentro de éste caracterizan a fundamentalistas e integristas defensores de la acción terrorista, buen número de islamólogos se ha aplicado con pasión a marear la perdiz , divulgando a nivel de plaza pública los argumentos conocidos acerca de la tradicional incomprensión de raíz judeocristiana, aliada para el caso con el imperialismo, ante las cuestiones del Islam.

En un reciente programa televisivo de Documanía , dos de los más activos voceros de esa posición, los profesores Pedro Martínez Montávez y Gema Martín Muñoz, dieron todo un recital de cómo eludir la menor explicación sobre lo que hoy representa el integrismo dentro de los países musulmanes y entre la emigración desde los mismos a Europa o a Estados Unidos. El primero se entregó en su discurso a juegos malabares, de los que únicamente se deducía que sólo aquel que leyese prensa en árabe podía estar en el secreto de que Bin Laden estaba mal escrito y de que su nombre significa algo así como León Blandez . Sublime. Por su parte, la señora Martín Muñoz lo tenía y lo tiene claro. La culpa es de Occidente, que sostiene las dictaduras en el mundo árabe, cuando el 80% de los musulmanes piden derechos humanos, y ella debe saberlo por su bola mágica, la misma que la lleva a ilusionar nuestras mentes de occidentales obtusos diciendo que lo que llama reformismo islámico -esto es, los islamistas de la cepa de los Hermanos Musulmanes- es algo así como la Democracia Cristiana. Olvida decir que con supresión de todo pluralismo político y con esa ley coránica que obliga a ejercicios saludables de lapidación y flagelaciones. Y ante cualquier crítica, por ejemplo a Irán en el campo de los derechos humanos, de uñas. ¿Para qué indagar la gestación de lo ocurrido el 11-S si somos los verdaderos culpables?

La explicación de este extraño fenómeno puede tener que ver con la precariedad de nuestro arabismo, en el plano cuantitativo, y con su consiguiente dependencia de una actitud reverencial ante los países musulmanes para mantener unas relaciones con sus medios institucionales que resultan muy satisfactorias. La menor crítica en medios de comunicación de Montávez a Arabia Saudí, de Martín Muñoz a Irán, lo echaría todo por tierra. La reciente crisis de Perejil hizo ver que lo mismo funciona para Marruecos. Así que vamos a parar a un discurso al mismo tiempo apologético y agresivo frente a cualquier intento de analizar esas realidades con el mismo acento crítico con que se trata al sionismo o al nacionalismo hinduista. En una palabra, polemizan como islamistas en defensa de su credo. Una actitud que no sólo bloquea la posibilidad de un análisis a cargo de quienes son los especialistas en el tema, sino que hace particularmente difícil el debate intelectual, dado que el simple hecho de mencionar los términos integrismo o fundamentalismo suscita una descalificación de fondo religioso.

Lo curioso es que un encubrimiento de tales dimensiones se haya convertido en la versión políticamente correcta. Para los progresistas poco preocupados por el estudio de las religiones, porque es la coartada para transferir la responsabilidad al malo de siempre. Ahí está Vázquez Montalbán marcando la pauta. Para los hombres de Iglesia, ya que defender al Islam sin más matices sirve al propósito de mantener el prestigio de la religión. Y sorprendentemente, para el propio pensamiento oficial americano, convencido de las ventajas de evitar el análisis del proceso que lleva a los atentados. Con partir de cero en el 11-S en la lucha del bien contra el espectro satánico del terrorismo, todo está hecho. Abordar las cuestiones de fondo llevaría de inmediato a poner al descubierto el papel central de Arabia Saudí, y por consiguiente del pragmatismo miope de la política de Washington, en cuanto ha ocurrido y puede ocurrir.

E pur si muove . Los sucesos del 11 de septiembre no pueden ser entendidos sin tomar en consideración el contexto de la globalización, de cuyos recursos técnicos tan bien supo servirse Bin Laden, así como de las formas imperialistas de ejercicio del poder en Oriente Medio por parte de Estados Unidos. Pero el agente activado por ese marco de crisis no nace en vísperas de los atentados, sino que es el producto de una evolución histórica en que el principio de confrontación armada con Occidente, en forma de yihad o guerra sagrada, hunde sólidamente las raíces en una tradición integrista forjada a partir de una lectura de los capítulos medinenses del Corán y de las sentencias atribuidas al Profeta (la Sunna, o tradición que da nombre al colectivo más numeroso del mundo musulmán).

Por fortuna, el integrismo no es todavía una posición mayoritaria en el Islam, aun cuando determine la forma de vida en países como Arabia Saudí, Sudán o, hasta hace unos meses, Afganistán. No obstante, su presión es visible en todo el espacio clásico de la tierra del Islam , del Maghreb a Pakistán o Indonesia, sin olvidar los colectivos de emigrantes instalados en Europa occidental y América. Sus minorías activas, orientadas en parte hacia la acción terrorista o comprensivas respecto de ésta, tienen ya declarada contra «Occidente» -la elección del término es suya- esa «guerra de civilizaciones» que por fortuna es todavía hoy a escala general una pesadilla no materializada. Por consiguiente, el integrismo islámico existe, de la misma manera que existen un terrorismo vasco y un terrorismo de Estado judío, constituyendo un riesgo para la convivencia de distintas formas de vida y cultura sobre el planeta, para la preservación de la tolerancia en los países musulmanes y para la integración de los colectivos de trabajadores procedentes del mundo islámico en los países europeos, alentando respuestas xenófobas y racistas. La política de Bush en Oriente Medio se encarga además de alimentar su apoyo social y de legitimar las respuestas violentas que pudieran venir de dar al-Islam . En semejante encrucijada, más vale mirar ambas realidades de frente.