UNA CONFUSIÓN DEL CARAJO DE LA VELA
Artículo de ENRIC JULIANA en "La Vanguardia" del 28-8-02
El formateado es mío (L. B.-B.)
LA DINÁMICA VASCA es reaccionaria y mala para Cataluña,
pero una enfermiza dependencia emocional nos bloquea
Evitemos la confusión", nos recomendaba Josep Antoni Duran Lleida el
pasado domingo en amable respuesta al último artículo del arriba firmante,
texto que intentaba señalar dos cosas: que Convergència, siempre pendiente de
las incursiones del PNV en Cataluña, puede haber desconectado de las corrientes
profundas de la opinión pública -no de la opinión publicada-, absteniéndose
en la ilegalización de Batasuna, y que la reanimada querencia del catalanismo
por el nacionalismo vasco es un acto de amor no correspondido. Sería un placer
debatir con Duran Lleida, pero ante un curso que se presenta con muchas curvas,
conviene cuidar la siempre saludable media distancia entre periodismo y
política, Por ello, querríamos limitarnos hoy a abundar en la segunda idea: la
del amor no recompensado.
La construcción del mito vasco en Cataluña comienza a forjarse durante la
Guerra Civil, cuando la Generalitat republicana acoge en Barcelona al derrotado
gobierno del lehendakari José Antonio Aguirre. Un gesto de gran simbolismo
selló, aparentemente, aquella amistad: Aguirre y Lluís Companys cruzaron
juntos la frontera cuando ya todo estaba perdido. Pero el destino que aguardaba
a ambos también nos ofrece una intensa metáfora. Indefenso, Companys sería
detenido por la Gestapo, entregado a Franco y fusilado en Montjuïc, mientras
Aguirre, al que la ofensiva nazi sobre Francia sorprendió en Bélgica,
conseguiría sobrevivir en Alemania, hasta llegar a América, donde le esperaba
un exilio blindado en el que no faltaron interesantes contactos con los
servicios de inteligencia de Estados Unidos. Primera bifurcación.
Ello no impide, todavía hoy, que el sentimentalismo catalán atribuya a los
vascos mayor coraje y sufrimiento. Es imposible medir quién dio más de sí,
pero hay episodios excesivamente desdibujados por la lectura romántica de la
historia. Los muchachos de diecisiete años de la "quinta del
biberón", enviados a luchar hasta la última bala en la batalla del Ebro,
no fueron en absoluto menos valientes que los "gudaris" que en julio
de 1937 se rindieron a las tropas italianas en el puerto de Santoña, en la
creencia de haber alcanzado un pacto razonable con el general Ettore Bastico,
bajo la paternal protección del Vaticano. Franco no respetó el acuerdo y unos
soldados católicos fueron humillados y fusilados por otros soldados católicos.
Quizá ahí empezó la gran tragedia vasca, como sugiere Paul Preston. Quizá en
Santoña germinó un profundo deseo de venganza que todavía no se ha
extinguido. Quizá en aquella ría del Cantábrico, lugar natal del almirante
Carrero Blanco, nació ETA.
Pero el "gudari" rendido y derrotado devino leyenda, mientras el
muchacho de la "quinta del biberón" se convertía en maltrecho
símbolo de lo absurdo de la guerra y en deseo de reconciliación.
Supervivientes de aquella leva todavía envían cartas a "La
Vanguardia" quejándose de un amargo olvido: aún les regatean la pensión,
siempre faltan papeles. No ha habido mucho sitio para ellos en la moderna
mitología catalana alimentada por TV3.
Gernika. 1.654 muertos y 895 heridos. Sin duda, el gran símbolo de la guerra.
Pero entre el 16 y el 18 de marzo de 1938, un millar de inocentes murió en
Barcelona bajo las bombas de la aviación legionaria italiana, sin que una
miserable placa los recuerde. ¿Seguimos...?
Y sin embargo, el catalanismo mantiene una actitud de débito sentimental, de
admiración profunda por el arquetipo vasco. Una extraña e inconfesada
fascinación por su rotundidad excesiva. ¿Acaso una sublimación de la
violencia? Como si hubiese algo sucio, oscuro y
demasiado imperfecto en la tendencia al pacto, en la demostrada capacidad de
afrontar la complejidad. Todavía hoy, cuando
es evidente que no sólo ETA, sino toda la dinámica política vasca,
constituyen un factor objetivamente reaccionario que bloquea la idea catalana de
una España generosa y plural, pervive el pensamiento oblicuo de que el
desenlace del "conflicto", esto es, de una secuencia de más de mil
asesinatos, pudiera propiciar una coyuntura "favorable" para
Cataluña. Ésa es la quimera, ésa es la consecuencia nefasta de un amor no
correspondido, que impide al catalanismo levantar la voz en el momento español.
Porque no basta con la condena inequívoca del terrorismo. Debería existir el
coraje de amonestar, de interpelar moralmente a la sociedad vasca. De romper una
enfermiza dependencia emocional. Ése es el gran equívoco. Ésa es la
confusión. Del carajo de la vela, como diría Arzalluz con su admirable dominio
del castellano castizo.