EL MITO VASCO, UN RITO DE EXPIACIÓN
Artículo de ENRIC JULIANA en "La Vanguardia" del 4-9-02
AL SUBLIMAR LA violencia, la extrema izquierda catalana
reforzó el equívoco moral con Euskadi
Una reflexión sobre la vigencia del mito vasco en el imaginario catalán puede
que no sea hoy del todo extemporánea. Hay en Cataluña como una sensación de
piernas cansadas, una impresión de que todo se repite: las mismas ideas, los
mismos gestos, las mismas emociones, los mismos trucos... Aunque también se
aprecia una búsqueda de nuevos ángulos, una voluntad de pensar de distinta
manera, un estado de ánimo aún no muy visible, todavía no
"oficial". El gran éxito de la novela "Soldados de
Salamina" puede que apunte en esa dirección, aunque su registro de
méritos sea, ciertamente, muy diverso.
Pero la relectura del mito de Euskadi, construido sobre el equívoco de un amor
no correspondido, también exige nuevos enfoques: no todo es atribuible al
nacionalismo. Alguna cosa ha tenido que ver la extrema izquierda en la enfermiza
dependencia emocional de muchos catalanes por el arquetipo vasco.
Pero, ¿qué es exactamente la extrema izquierda? ¿Dónde empieza y dónde
acaba? Para el asunto que nos ocupa, proponemos una línea divisoria: la
voluntad de reconciliación en los últimos veinte años del franquismo. Cuando,
a principios de los cincuenta, quedó claro que el régimen del general Franco
no se vería arrastrado por la derrota de la alianza nazi-fascista, algunos
sueños se quebraron en el exilio y muchos esquemas tuvieron que cambiar dentro
y fuera de España. De la evidencia de que la dictadura debía ser minada por
dentro salió reforzada la idea de reconciliación, también presente en el otro
bando, como impulso ético, como programa moral.
Una década después llegaría la gran explosión "gauchista" del 68.
Fue, como en toda Europa, una efervescente reproposición de los viejos sueños
revolucionarios y vehículo de una rotunda afirmación generacional. Pero
también canalizó emociones muy fuertes sobre el trauma del 36-39. Sobre lo
ocurrido en la casa del padre.
La distinta naturaleza de la guerra en Cataluña y en Euskadi, crearía dos
escenarios muy distintos. Exhausta por el combate y por la revolución (no
olvidemos nunca este segundo aspecto), Cataluña maduró la vía de la
reconciliación. "No creiem en les pistoles", cantaba Raimon.
Humillados y vejados por Franco en Santoña (la fallida rendición de los
"gudaris" a las tropas italianas a cambio de protección), fieramente
divididos entre vencedores y vencidos, entre los vascos germinó otra pulsión.
"Me dejarán sin brazos / sin hombros / y sin pechos / y con el alma
defenderé/ la casa de mi padre. / Me moriré / se perderá mi alma / se
perderá mi prole / pero la casa de mi padre / seguirá en pie", escribió
Gabriel Aresti en "Herri eta harri" ("Piedra y pueblo").
Atraída por la estela del carlismo y coagulada en torno a ETA, la extrema
izquierda del País Vasco ha acabado cristalizando como una sociedad dentro de
la sociedad. En Cataluña, por el contrario, el radicalismo se ha difuminado, no
sin dejar un rastro persistente: una cierta sublimación de la violencia, una
gran admiración por los vascos, idealizados como "los que se
atreven". Sublimación que también fue rito de expiación. No pocos
cuadros de la extrema izquierda catalana eran hijos de altos funcionarios,
militares y personajes vinculados al régimen. Siendo más radicales que los
"reformistas" de la reconciliación, satisfacían un deseo
exculpatorio. También ellos, a su manera, defendieron la casa del padre.