GANADORES Y PERDEDORES

Los atentados han provocado una conmoción geopolítica y han consolidado a Estados Unidos como potencia imperial

Artículo de ANDRÉS ORTEGA en "El País" del 3-9-02

 

El formateado es mío (L. B.-B.)

 

El 11-S conmocionó el mundo, pero, sobre todo, conmocionó a Estados Unidos, y lo cambió, o al menos aceleró y decantó algunas tendencias y debates en curso en la única hiperpotencia de la posguerra fría. El primer ministro británico, Tony Blair, dijo que el choque había 'abierto el mundo', y que los países han entrado en una 'revisión de las relaciones de unos con otros'. Es un movimiento tectónico, con ganadores y perdedores.

El eje contra el terror

Tras el 11-S, Estados Unidos ha intentado hacer de la lucha contra el terrorismo global el eje del mundo nuevo. Pero es dudoso que el mundo pueda organizarse en torno a este eje, como se organizó en dos campos en la guerra fría.

La amenaza terrorista que se convirtió en terrible atentado el 11-S no es nueva para EE UU. Ya tuvo avisos previos, desde las bombas contra el World Trade Center de 1993 a los atentados contra el destructor Cole frente a las costas de Yemen, o contra las embajadas americanas en Kenia y Tanzania. En 1999, recuerda Joseph Nye, la Comisión Hart-Rudman sobre Seguridad Nacional en el Siglo XXI concluyó que 'es probable que americanos mueran en suelo americano, posiblemente en grandes números'. Y la Comisión Nacional sobre Terrorismo, tras constatar el aumento de objetivos estadounidenses en atentados en el mundo, propuso en junio de 2000 que esta lucha cobrara una dimensión prioritaria. De hecho, la persecución de Bin Laden fue una de las grandes obsesiones de, al menos, seis de los ocho años de mandato del presidente Clinton, aunque éste lo hizo de una forma a menudo discreta (salvo en los ataques con misiles contra Sudán y Afganistán) y sin éxito.

La lucha o guerra contra el terrorismo se ve entremezclada con la importancia que esta Administración de Bush, aún más que las anteriores, otorga al control de los suministros y reservas de petróleo. Busca una menor dependencia en el petróleo árabe, y para ello apuesta no sólo por controlar eventualmente Irak, sino también por Asia Central.

Imperio

Si, ensimismado, EE UU mismo dudaba sobre su carácter imperial, el 11-S despertó al gigante para convertirlo en imperio, potencia globalmente activa que quiere que el mundo se amolde a sus intereses, antes de convencer o alentar a los demás, en expresión de Nye, a querer lo que EE UU quiere que se haga. Estados Unidos pretende colaboración contra el terrorismo, pero con una total libertad de acción para sí, ya se trate de ir contra Irak, o de rehuir las ataduras que supone el nuevo derecho internacional que se ha ido desarrollando estos años, desde la Corte Penal Internacional hasta el Protocolo de Kioto. Este unilateralismo y el trato de prisioneros y sospechosos ha llevado a que EE UU, haya ido perdiendo la simpatía global que despertó el 11-S. Además, en la lucha antiterrorista, EE UU ha tenido que buscar aliados poco fiables y nada democráticos, como Musharraf en Pakistán. La defensa de los derechos humanos ha quedado relegada.

El poderío de EE UU en el mundo ha ido avanzando a golpes de crisis. Lo hizo con las dos guerras mundiales, y con la guerra fría y su fin. El 11-S, pese a haber abierto un boquete en la seguridad y la tranquilidad de los estadounidenses, ha supuesto un nuevo incremento de su poderío militar y político.

Ganadores

'Los que no estén con nosotros están contra nosotros', afirmó George W. Bush. Y de hecho, es en la relación con EE UU donde se miden los ganadores de los efectos del 11-S, los perdedores, y los que amplían su margen de maniobra, es decir, posibilidades.

Rusia. EE UU ha rehecho su relación bilateral con Moscú, con la cooperación en la lucha contra el terrorismo y nuevos suministros de petróleo en la federación y, en general en Asia Central donde Estados Unidos está dotándose de un rosario de bases militares, pues también las repúblicas ex soviéticas en la zona han ganado en importancia estratégica, y Moscú parece haber optado por aceptar esta situación. A cambio Rusia ha obtenido un acuerdo de cooperación que la convierte en miembro de hecho, aunque no de derecho, de la OTAN, y vía libre para la represión en Chechenia. Ya no se trata de una relación entre superpotencias. Para Moscú, los nuevos intereses compartidos con Washington pueden ser mayores que con la UE, y suponen el regreso de Rusia al tablero internacional, del que en buena parte había desaparecido tras el fin de la Unión Soviética y el comunismo.

India. Se ha convertido en pieza central para la estabilidad de la región. Siempre lo ha sido, pero ahora, aún más. Pero EE UU no se fía de Pakistán, un país inestable al que necesita aún para culminar la guerra de Afganistán -que se alarga y se puede complicar- y seguir persiguiendo a Al Qaeda en las tierras vecinas. La capacidad nuclear india, más que como un peligro, casi se ve como un contrapeso a la de Pakistán. En el medio está la cuestión de Cachemira, en la que EE UU se ha implicado para evitar una guerra en estos momentos entre ambos países, aunque la superioridad militar india es patente.

Turquía. Ha pasado a ser uno de los goznes esenciales de cara tanto a Oriente Próximo como a Asia Central. Turquía, con unos militares partidarios de la colaboración con Israel, es una pieza clave en este tablero, y, desde luego, para una posible operación contra Irak. Es también el punto de llegada del oleoducto que de Azerbaiyán atraviesa Georgia para llegar al Mediterráneo. Las presiones para que la UE haga entrar en su seno a Turquía han aumentado.

Israel. A corto plazo, el 11-S ha favorecido la estrategia de Sharon, aunque a medio plazo el conflicto con los palestinos habrá de encauzarse de nuevo. Sharon, sobre bases diferentes, ha ganado en margen de maniobra y apoyo de Washington, como pieza clave en el tablero de Oriente Próximo. Los palestinos, y especialmente Arafat por no haber podido o querido controlar los atentados suicidas, han perdido apoyos.

Marruecos. Con su firme condena a los atentados, y presentándose como muro de contención -de una efectividad que aún está por demostrar- del avance del integrismo islámico, ha ganado peso a los ojos de Washington, que lo considera como un aliado básico en el otro extremo del Mediterráneo. El Gobierno de EE UU ha ido apoyando abiertamente la tesis marroquí de una autonomía del Sahara Occidental dentro de Marruecos, y medió en la crisis entre Madrid y Rabat por la isla de Perejil.

Oportunidades

La situación creada por el 11-S y la reacción de EE UU ha demostrado ser una fuente de oportunidades geopolíticas para varios países o grupos de países.

China. Era la obsesión de Bush antes del ataque. China reaccionó positivamente, apoyó a EE UU en el Consejo de Seguridad, y supo sacar provecho para combatir a sus propios separatismos, además de ver facilitada su entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC), y su evolución económica. Sin embargo, los desafíos que plantea el crecimiento de China al liderazgo de EE UU permanecen.

Egipto. Es un Estado esencial en Oriente Próximo. Mubarak lo sabe, sigue buscando la ayuda económica de EE UU, pero no por ello apoya la política de Washington hacia Irak.

Europa. Tras un impulso de solidaridad sin precedentes que llevó a activar el artículo 5 de defensa mutua de la OTAN -gesto histórico sin consecuencias prácticas-, las diferencias entre EE UU y Europa se han ido agigantando con el creciente unilateralismo norteamericano. Los europeos no tienen una posición única, y EE UU cuenta con la fidelidad inquebrantablemente fiel del Reino Unido. Pero las diferencias con EE UU, el desprecio estratégico que Washington muestra hacia Europa, y la merma de importancia y centralidad de la OTAN en las actuales circunstancias crean un espacio mayor de maniobra para los europeos si saben usarlo para avanzar en una política exterior, de seguridad y defensa común, aunque sólo sea para moderar al grande. Aunque cabe que ocurra lo contrario: que retrocedan, y aumente su dependencia estratégico en la hiperpotencia.

El islam. Puede parecer extraño incluir al islam, entre los que han ganado en oportunidades. La globalización también había globalizado el islamismo, y confirmado su carácter magmático, pero Bin Laden ha fracasado, al menos de momento, en intentar unir al mundo islámico contra EE UU. Por el contrario, lo que se ha provocado es que se empiece a abrir un debate en el mundo musulmán, en particular en el árabe, sobre su modernización, que no debe confundirse con occidentalización. No ha habido choque de civilizaciones, aunque sí hay más tensión cultural con Occidente.

Perdedores

La lista de los perdedores podría ser larga, entre los que no están con EE UU, y aquellos a los que Estados Unidos ignora. Y esta ignorancia por parte de la hiperpotencia puede generar inestabilidad en diversas partes del mundo, desde el ya citado Oriente Próximo hasta otras partes de América Latina o Asia.

Irak. El régimen de Sadam Husein se ha convertido en el blanco preferido de la Administración de Bush, incluso por delante del escurridizo Bin Laden. Este Gobierno quiere lograr un control sobre Irak que le daría una palanca de primera magnitud en toda la zona, el mundo del petróleo y el vecino Irán, además de frenar posibles peligros de armas de destrucción masiva.

Irán. Sorprendentemente, Bush incluyó a Irán, junto a Irak y Corea del Norte, en su eje del mal, con el riesgo de desestabilizar a los reformistas, apoyados mayoritariamente en la población, frente al clericalismo conservador que aún controla las principales palancas del poder. Esta Administración, además, ha abandonado el concepto de mantener un equilibrio de poder entre Irán e Irak, para ir contra ambos a la vez.

Arabia Saudí. Es una pieza esencial para EE UU, por su ubicación, y por su producción y reservas de petróleo. Pero a la vez es un origen central de fuentes de financiación, directa o indirecta, de movimientos islamistas violentos y no violentos. Osama Bin Laden era saudí. Aunque aún necesita a Arabia Saudí, el 11-S ha venido a marcar un distanciamiento de Washington. Los dirigentes saudíes lo han entendido e intentan un acercamiento, vía propuesta para la paz entre israelíes y palestinos y otras iniciativas. Pero Washington quiere distanciarse de los saudíes, tras años de contribuir a armarlos.

África. Con el fin de la guerra fría, África se sumió en el olvido geopolítico. Lo ocurrido no viene a rescatarla, aunque una de las prioridades de EE UU es evitar que grupos armados, como ocurriera con Bin Laden y el Afganistán de los talibanes, se hagan con territorios abandonados o Estados fallidos. Por esta razón, EE UU presta más atención a Somalia, e intenta recuperar otros países, como Yemen o Sudán.

América Latina. El 11-S supuso su marginación temporal, como si a EE UU no le importara ya lo que pudiera pasar en este continente, salvo en México, vecino y socio comercial. El interés de Washington se ha centrado en apoyar al Gobierno de Colombia en su lucha contra la guerrilla de las FARC y en intentar socavar a Chávez en Venezuela justamente por su apoyo a la insurección en Colombia. Se dejó que Argentina zozobrara sola, aunque últimamente, ante el riesgo de seria contaminación a Brasil -donde están en juego las elecciones- Washington sí movilizó al FMI y ayudó también a los bancos en Uruguay a hacer frente a sus obligaciones. En medio, América Central no parece existir.

Organizaciones. Cuando en teoría más cooperación internacional es necesaria para la gobernabilidad global y lo que puede ser una larga lucha contra los terrorismos, las organizaciones internacionales han ido perdiendo peso de la mano del caso que les hacía EE UU. La ONU y su Consejo de Seguridad -cuya utilidad para EE UU varía según las circunstancias-, han ido perdiendo peso con la negativa del país más poderoso a nuevos avances en materia de derecho internacional, de control de armamentos, y en otros campos. También la OTAN y otras organizaciones han perdido, en la medida en que EE UU cree que necesita menos aliados y prefiere, si acaso, coaliciones ad hoc.

Movimientos terroristas. El 11-S ha puesto de manifiesto, si necesidad había, que la geopolítica ya no puede centrarse únicamente en los Estados, sino también en este mundo en red en las redes de terroristas, de las que Al Qaeda es quizás uno de los movimientos que mejor partido ha sabido sacar de la globalización de las comunicaciones. Pero el 11-S ha provocado un mayor aislamiento y persecución de los movimientos terroristas, del GIA argelino a ETA.

El terremoto, que ha venido a superponerse al del fin de la guerra fría y del imperio soviético, sobre el que Bush padre quiso construir un 'nuevo orden mundial', no ha llegado a su fin. El mapa geopolítico del mundo ha cambiado, pero no se ha estabilizado aún, pues de momento Bush hijo no ha logrado detener el desorden mundial.

 

Una superioridad militar aplastante

Tras la inyección de gasto militar de la Administración de Bush tras el 11-S, con 366.000 millones de dólares presupuestados, EE UU ya gasta más en defensa que los siguientes 10 países. Ello pese a que no fuera una inferioridad militar la que hizo posible el atentado terrorista, pues utilizó tecnología civil: baja tecnología, alto concepto (low technology high concept).

EE UU está lanzado en una carrera de armamentos contra sí mismo para asegurarse la supremacía militar en todos los ámbitos durante varios lustros. Si antes el proyecto de defensa nacional contra misiles balísticos (NMD) despertaba dudas, el 11-S las disipó.

Tal ventaja militar no sólo alimenta la idea de que puede actuar solo, sino que las alianzas militares empiezan a resultarle engorrosas, pues los aliados están tecnológicamente atrasados, y ponen trabas.

La guerra, para EE UU está cambiando de naturaleza. En primer lugar contra una red terrorista global, como Al Qaeda, hay que librar una guerra-red, concepto desarrollado por la Rand Corporation.

En segundo lugar, la guerra de Afganistán ha llevado a muchos expertos en EE UU a afirmar que la superioridad aérea y tecnológica, acompañada de comandos de élite, puede hacer ganar. De hecho, es el debate que lanzó la Fuerza Aérea tras la guerra del Golfo, y que reforzó la campaña de la guerra de Kosovo.

En relación con Irak y otros países, Bush ha derivado del 11-S una doctrina contraria a la imperante en la guerra fría. Para esta Administración que se siente, como el conjunto del país, en guerra, no se trata de disuadir a un adversario, sino de ir a buscarle y atacarle antes de que pueda llegar a atacar a EE UU. Es el concepto de 'autodefensa preventiva unilateralmente determinada', lo que se conoce como la Doctrina Bush. Y ya no se trata de contener al adversario, sino de acabar con él, de hacerle retroceder: el roll back.

La respuesta de EE UU al 11-S ha sido una militarización no sólo externa, sino también interna. Por vez primera desde la guerra civil americana, las Fuerzas Armadas tienen jurisdicción en asuntos de seguridad interna.