LA PANTOMIMA PRETORIANA Y EL TÍO SAM
Artículo de DANIEL REBOREDO, historiador , en "El Correo" del 17-9-02
La Cumbre de la Tierra de Johanesburgo terminó el 4 de septiembre con más
pena que gloria. Un pobre Plan de Acción recomendando conciliar el crecimiento
económico, la justicia social, la lucha contra la pobreza y la protección del
medio ambiente y una Declaración Política vacía y autojustificativa han sido
sus aportaciones. No se han adquirido compromisos claros y todo se ha difuminado
en la bruma más etérea. Diez días de conversaciones e intercambio de
pareceres nos han dejado la sensación de ser un gasto enorme para tan escasos
resultados. Buenos propósitos, grandes declaraciones, posturas llamativas, pero
respecto a lo importante (lucha contra la pobreza, la desigualdad y la
destrucción del planeta) nada de nada. La decisión de Rusia, Canadá y China
de adherirse al Protocolo de Kioto, aún siendo positiva, no compensa la
ausencia del mayor contaminador del planeta, EEUU. La actitud del Imperio,
hipócrita y prepotente, obliga a la UE a convertirse en una referencia real y
no en mero defensor teórico de la naturaleza. Aunque la comisaria europea de
Medio Ambiente propugnó en la Cumbre pasar de las palabras a los hechos, pasar
del diagnóstico a la acción, poner en práctica las ideas, somos muy
escépticos respecto a cualquier solución.
Si no conseguimos ponernos de acuerdo respecto a la necesidad de poseer una
Constitución europea (parece ser que a principios de 2003 existirá ya un
borrador); si en 2002 vislumbramos ya las dificultades de cumplir los objetivos
de creación de empleo para 2005, tal y como señalaba hace unos días la
Comisión Europea; si países como Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca siguen
priorizando excesivamente sus intereses sobre los de la propia UE y,
fundamentalmente, si somos una mera comparsa de los designios imperiales, ¿qué
podemos esperar de una Unión de Estados con diferentes apreciaciones
políticas, con diferentes intereses económicos, con recuerdos perniciosos de
su pasado esplendor y sin ninguna gana de oponerse a las injusticias y
arbitrariedades de un EE UU que oculta sus carencias bajo un manto de
militarismo extremo? Cada vez resulta más insoportable la manipulación de los
políticos respecto de la ciudadanía, tal y como la última Cumbre ha
demostrado. Las palabras del presidente surafricano, Thabo Mbeki, en la
inauguración del evento, son un paradigma de la oratoria más vacua y claro
ejemplo de lo que la clase política se dedica a realizar.
EE UU no ha estado en Pretoria . Colin Powell asumió el malestar de la
ausencia, la justificó y solicitó para el Imperio la adhesión de los
diferentes países del mundo en su campaña antiterrorista. Los atentados del
11-S ofrecieron al Gobierno estadounidense la posibilidad de aprovechar la
ocasión para incrementar sus gastos militares, para socavar programas sociales
democráticos, para tapar la preocupación por los penosos efectos de la
globalización corporativa, para minimizar los temas de medio ambiente, para
limitar las conquistas sociales y para restringir las libertades y acabar con
las protestas y el debate públicos; es decir, para minar la propia esencia de
la democracia. No olvidemos que para un gran número de habitantes de este
planeta EE UU es un Estado terrorista. Y no les faltan razones. Recordemos que
ya en 1986 fue condenado por el Tribunal Internacional por utilizar ilegalmente
la fuerza. EE UU vetó la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que
exigía a todos los Estados respetar la ley internacional. Consejo al que exige
ahora alinearse con sus tesis militaristas. En esta misma línea se encuentra el
reciente rechazo al TPI.
El brutal atentado del integrismo islámico en Nueva York y el dolor por las
víctimas merecen nuestro rechazo más firme (el primero) y nuestra solidaridad
más sincera (el segundo). Cualquier persona en sus cabales lo comparte sin
ningún atisbo de duda. Pero de acuerdo a las normas básicas de la política
internacional el posterior ataque de EE UU a Afganistán también ha sido un
acto de terrorismo, uno más, y en este caso de Estado, al morir muchos
inocentes. Lo mismo va a ocurrir en Irak próximamente y entonces la UE cerrará
una vez más los ojos, excepto los países que hayan decidido incorporarse al
grupo que hoy por hoy forma el Imperio con su servil vasallo, la Gran Bretaña.
Puede que veamos que, al igual que después de la Guerra del Golfo, después del
olvidado ataque a Sudán, después de Afganistán, el militarismo imperial no
resuelve ninguno de los problemas que manifiesta viene a solucionar.
Es imprescindible combatir el terrorismo internacional, hacer pagar a los
asesinos sus culpas, ser inflexible contra cualquiera que no respete las
mínimas normas de convivencia de que nos hemos dotado los seres humanos. Todos
los medios que nos ofrece la democracia deben ser utilizados. Sin ninguna duda.
Sin vacilación alguna. Hasta las últimas consecuencias. Pero la intervención
debe resolver el problema para siempre y debe ajustarse a unas normas, las
democráticas, que poseen fortaleza suficiente para conseguirlo. No se puede ser
adalid de la democracia y, a la vez, apoyar, como hace EE UU, a Estados
autoritarios, crueles, despiadados y represores a ultranza. Tampoco se pueden
levantar barreras contra el desarrollo y la democracia, manteniendo regímenes
opresivos , y pensar que no tendrá consecuencias.
La Historia siempre es necesaria. Nos recuerda que desde la Segunda Guerra
Mundial, EE UU organizó y dirigió un contraterrorismo basado en manuales nazis
mediante los que diseñó programas de contrainsurgencia en todo el mundo.
Programas que identificaban e identifican como terrorismo toda agresión al
nosotros y, sin embargo, definen como justicias infinitas sus propias acciones.
Partiendo de premisas como éstas, creemos que no existe un deseo real de
solucionar conflictos y de ahí que no podamos ser optimistas. Cuando los
defensores de la luminaria democrática estadounidense argumentan que el odio de
unos y el rechazo de otros lo es a su «nuevo orden mundial capitalista,
individualista, secularizado y democrático», no consideran que lo que
realmente se repudia es la prepotencia y arbitrariedad imperial, la
militarización avasallante, el capitalismo neoliberal empobrecedor e injusto y
la democracia de cartón-piedra que consideran intocable.
EE UU salvó a Europa en dos ocasiones (Primera y Segunda Guerra Mundial); EE UU
revitalizó Europa con el plan Marshall; EE UU tiene un concepto de comunidad
democrática en constante renovación que es muy superior al de las comunidades
del pasado europeas; EE UU es (o era hasta el 11-S) un país con una gran
libertad para sus ciudadanos; EE UU valora enormente la humildad, la capacidad
de superación, el sacrificio por los demás y la participación en la
comunidad; EE UU es el paradigma del capitalismo competitivo y, a la vez, posee
la sociedad más hospitalaria del mundo; pero, por otra parte, sus actuaciones
simbolizan la tala de árboles (Bush dixit) que forman el bosque de la
democracia . Y desde esta perspectiva se hace necesario reivindicar menos
terrorismo, menos conmemoraciones, menos servilismo, más conocimiento del
mundo, más justicia y un giro completo en su política exterior para, de esta
forma, atajar la sombra de odio y desprecio antiestadounidense que recorre el
planeta. Para definir lo que EE UU es en la actualidad, cabe recordar un
pensamiento hecho texto del irlandés revolucionario y provocador George Bernard
Shaw. El Premio Nobel de 1925 nos recordaba que «un país que está siempre
preparándose para la guerra es como un hipocondríaco que se pasa la vida
dictando su testamento: una ocupación lúgubre que le impide hacer ninguna otra
cosa». Eso es el Imperio y eso lo destruirá.